Las religiones al servicio del ser humano

Discurso pronunciado en la Iglesia de los Capuchinos de Beirut el 19 de febrero de 1975.

Alabamos y damos gracias a Dios, Dios de Abraham, Ismael, Moisés, Jesús y Muhammad; Dios de los vulnerables y de toda la creación.

Alabado sea Dios, que tranquiliza a los temerosos, salva a los justos, eleva a los más débiles, humilla a los soberbios, derroca reyes y pone a otros en su lugar.

Alabado sea Dios, que acaba con los tiranos, erradica a los opresores, atrapa a los fugitivos, castiga a los impíos y es la voz de los que piden Su ayuda.

Te alabamos Señor, por garantizarnos el éxito con Tu protección, por unirnos con Tu guía y por unificar nuestros corazones con Tu amor y Tu misericordia.

Nos encontramos aquí reunidos en Tu presencia, en una de Tus casas y en una época de ayuno dedicado a Ti.

Nuestros corazones están deseosos de Ti. Nuestras mentes toman la luz y la guía que proviene de Ti. Hemos atendido Tu invitación a que seamos compañeros en el servicio a Tu creación y que nos unamos en una misma palabra para la felicidad de Tu creación. Por eso llamamos a Tu puerta y rezamos en Tu altar. Nos reunimos por el bien del ser humano a quien iban destinadas las religiones. Las religiones que un tiempo fueron una. Cada una difundía las demás y se confirmaban entre sí. Por medio de las religiones Dios sacó a la humanidad de la oscuridad hacia la luz, después de rescatarla de los conflictos profundos e inmensos que la dividían y la enseñó a tomar la senda de la paz.

            Las religiones eran una, ya que estaban al servicio de un único objetivo: la predicación de Dios y la asistencia a la humanidad, que son las dos caras de la misma moneda.

Más tarde, cuando comenzaron a servir también a sus propios intereses, las religiones se distanciaron. Entonces, el interés por sí mismas creció tanto que casi olvidaron su objetivo. Las diferencias se intensificaron y se hicieron mayores, al mismo tiempo que aumentaban el dolor y el sufrimiento de la humanidad.

Las religiones eran una y anhelaban un solo objetivo: luchar contra los ídolos y los tiranos en la Tierra y permanecer junto a los más vulnerables y oprimidos, que también son las dos caras de una misma realidad.

Cuando las religiones triunfaron, y con ellas los más vulnerables, las élites cambiaron de bando y se unieron a las ganancias. Entonces, comenzaron a gobernar las gentes en nombre de las religiones y a portar sus estandartes. A consecuencia de ello el sufrimiento de los oprimidos fue cada vez mayor y las diferencias entre las religiones fueron en aumento. Sin embargo, las diferencias solo residen en los intereses de los explotadores.

Las religiones eran una sola porque el principio, que es Dios, es uno; el objetivo, que es el ser humano, es uno, y, el resultado, que es este universo, es uno. Cuando se nos olvidó cuál era el objetivo y nos alejamos del servicio al ser humano, Dios nos rechazó y se distanció de nosotros, dividiéndonos en miles de facciones y grupos. La osadía y la discrepancia se instauraron entre nosotros, compartimentamos la existencia y servimos a nuestros propios intereses. Adoramos a dioses distintos al Dios único y oprimimos al ser humano hasta que quebró.

Ahora estamos de vuelta al camino correcto. Hemos regresado al camino del hombre atormentado por salvarse del castigo de Dios. Nos reunimos para servir al ser humano débil, oprimido y desgarrado, con el fin de unirnos en todo y para unirnos en Dios y que así las religiones vuelvan a ser una.

 Dice el Sagrado Corán:

«A cada uno de vosotros le hemos asignado un código legal y un camino de salvación y, si Dios hubiera querido, habría hecho que fueseis una sola comunidad, pero lo hace así para probar vuestra fe en lo que os ha dado. ¡Competid, pues, en buenas acciones! El lugar de retorno de todos vosotros es Dios.» (۵:۴۸)

En este momento, en la iglesia, en estos días de ayuno, durante un sermón religioso y por invitación de autoridades comprometidas, me encuentro a vuestro lado, a mitad del camino. Me encuentro siendo predicador y feligrés, orador y oyente. Hablo usando mi lengua y escucho con el corazón. La historia es nuestro testigo. Nosotros la escuchamos y ella nos escucha. La historia es testigo de que el Líbano es el país de los encuentros, un país de seres humanos, la patria de los oprimidos y el refugio de los asustados. En este contexto y ante este noble horizonte podemos escuchar los auténticos llamamientos divinos porque nos encontramos más cerca de la fuente.

Y ahí tenemos a Jesucristo, la paz sea con él, gritando con su amor furioso: “¡No!, el amor de Dios no coexiste con el odio humano…” Su voz resuena en las conciencias mientras se alza otra voz, la del Profeta de la misericordia: “No cree en Dios y en el Último Día quien se va a dormir saciado mientras su vecino tiene hambre.”

Las dos voces interactúan a través del tiempo y su eco resuena por medio de las palabras del Sumo Pontífice cuando con motivo del ayuno, dice: “Ciertamente Cristo y el pobre son una sola persona”. Incluso en su conocido mensaje, “la evolución de la gente” se alza en defensa de la dignidad del ser humano y, como Cristo en el templo, dice: “Tremenda fue la experiencia de pagar con violencia tales humillaciones a la dignidad humana”. Y dice: “No hay nada más despreciable en la humanidad que los regímenes tiranos, resultantes de la explotación de los recursos y el poder, la anulación de los derechos de los trabajadores y la injusticia de los tratados.”

Acaso esta voz clara es diferente a lo que aparece en la tradición islámica como un objetivo constante:

«Yo, Dios, estoy junto a los que tienen el corazón roto. Yo estuve con el enfermo cuando le visitaste, con el pobre cuando le ayudaste y con el necesitado cuando gastaste para suplir sus carencias.»

En cuanto al método, considera que cualquier intento de establecer la verdad y cualquier esfuerzo por apoyar al oprimido es un esfuerzo (yihad) realizado en el camino hacia Él y una oración en Su altar, y Él es Quien garantiza la victoria.

A través de estos testimonios retornamos a nuestra humanidad para buscar la fuerza que aplasta y que divide. El ser humano, este presente divino, esta criatura creada a la imagen y semejanza de los atributos de su Creador, el representante de Dios en la tierra, este ser humano es el objetivo de la existencia, es al mismo tiempo el inicio y el propósito de la sociedad y el motor de la historia.

Este ser humano equivale y merece todas sus capacidades, no lo que han acordado la filosofía y la física modernas sobre la capacidad de toda la materia de convertirse en energía, sino lo que han afirmado todas las religiones y los experimentos científicos: “El ser humano sólo posee lo que se esfuerza por tener.”, que los actos son eternos y que el ser humano, salvo su irradiación en diferentes horizontes, no vale nada. Por lo tanto, cuanto más protejamos y desarrollemos las capacidades del ser humano más le honraremos y le haremos inmortal.

Si la fe, en su dimensión celestial, otorga al ser humano ambición y sentimientos infinitos; si la fe, en su dimensión celestial, preserva la esperanza permanente del ser humano y cuando todos los motivos se derrumban hace desaparecer la ansiedad y, por un lado, pone orden entre él y sus semejantes y, por otro lado, entre él y el resto de las criaturas si la fe, en esta dimensión, concede al hombre esta gloria y esta belleza, entonces, la fe, en las otras dimensiones, busca proteger y custodiar al ser humano, impone dicha protección y asegura que no existe la fe sin que exista un compromiso de servicio al ser humano.

Todo el potencial humano y las capacidades de cada ser humano deben ser protegidos y desarrollados. Por este motivo, nos encontramos con que el principio de interpolación ha estado presente desde la época de los primeros mensajes hasta este mensaje que dice: “Para que el progreso sea genuino tiene que ser completo”, es decir, que el ser humano debe crecer en su totalidad y que todos los seres humanos deben crecer.”

Así pues encontramos, por ejemplo, que robar está prohibido. Sin embargo, hoy en día el robo aparece en forma de inversión y de monopolio y bajo el pretexto del progreso industrial o de necesidades artificiales impuestas al ser humano a través de los medios de comunicación, que le crean artificialmente el deseo de consumir más. Las necesidades, hoy en día, no derivan de las necesidades innatas del ser humano sino que han sido creadas artificialmente por los medios de comunicación que sirven a los medios de producción.

De este modo, vemos también cómo se produce un desarrollo profundo en las distintas fuerzas que dañan el potencial humano, destruyéndolo o dividiéndolo. Estas fuerzas se mantienen constantes en su esencia a pesar de la disparidad de formas que adoptan y del desarrollo que han sufrido.

Por ejemplo, la religión siempre ha luchado contra la mentira, la hipocresía y contra la vanidad y el orgullo. Cuando observamos los fundamentos, comprendemos el efecto de estas condiciones en las capacidades del individuo y de la sociedad.

La mentira, por ejemplo, falsea los hechos y las capacidades presentes en el intercambio entre seres humanos. Estas capacidades que son infladas por el ser humano para su provecho, son falseadas mediante la mentira, de modo que se convierten en ignorancia y en perversión, al mismo tiempo que altera los intercambios y perturba las capacidades.

En cuanto a la vanidad y el orgullo, ambos inmovilizan al ser humano, ya que le hacen sentir que ha alcanzado el grado de autosuficiencia. Este sentimiento impide al orgulloso recibir o participar en algo y tampoco le permite que las personas tomen o interactúen con él. Así pues, ni da ni recibe. Es la muerte de las capacidades humanas. Sin contar con que las cualidades genéricas de la mentira son la base de la arrogancia.

La libertad, por el contrario, es el clima favorable para el crecimiento de las capacidades humanas y para el surgimiento de su talento si se le brinda la oportunidad. Esta libertad ha estado siempre expuesta al asalto y violada con diversos pretextos. Por consiguiente, se han librado guerras y luchas encarnizadas en nombre de la libertad.

La ausencia de libertad ha causado que el individuo se conforme con el grado de libertad que el usurpador le concede. El ser humano es sometido, menguando así las posibilidades de la sociedad. Cuando el individuo rechaza este sometimiento e intenta, y nosotros con él de acuerdo con nuestra fe, reducir la tiranía de esta fuerza abrumadora y divisoria, está defendiendo nuestra humanidad, el potencial humano y su dignidad, sin importar las estrategias que adopte este sometimiento a lo largo de la historia.

Existen numerosas formas de robar las libertades y de destruir las capacidades del ser humano: la tiranía, el colonialismo, el feudalismo, el terrorismo intelectual, pretender la custodia de la gente alegando su falta de entendimiento, el neo-colonialismo, la imposición de puntos de vista a los individuos y a la sociedad, las presiones económicas, culturales o intelectuales, la negligencia política, la discriminación de personas y regiones, negándoles oportunidades y condenándolas a la ignorancia e incluso negar ayuda sanitaria a las personas y los medios necesarios para su desplazamiento y su desarrollo.

Y el dinero, este gran ídolo, considerado por Jesucristo como un impedimento más grande para entrar al Reino de los Cielos que el tamaño de un camello queriendo pasar por el agujero de una aguja. El dinero es fuente de discordia. Cuando el dinero crece a expensas de las otras necesidades del ser humano y de la sociedad se convierte en un objetivo y en una fuerza represiva y divisoria. Dado que puede imponer sus profundos efectos en la vida de las personas, permite que el grande se coma al pequeño.

Del mismo modo, todas las necesidades humanas crecen a expensas de otras necesidades. Esto es lo que denominamos deseos. En realidad, las necesidades son motivadoras y propulsoras, e incluso un combustible que permite el movimiento del ser humano en la vida. Sin embargo, cuando estas necesidades crecen a expensas de otras necesidades el resultado es un desastre.

Es por esta razón por la que la cuestión de los bienes, el dinero, el prestigio, el poder y otras capacidades del ser humano requieren mayor grado de responsabilidad.

La verdad es que a pesar de que las dimensiones de la fe que permiten la conexión entre Dios y el ser humano de forma permanente son la base de la civilización moderna, también la han hecho vulnerable a este tipo de desequilibrios.

Cuando revisamos la historia de la civilización humana, sentimos que, entre un periodo y otro, el ser humano ha crecido en un aspecto a costa del resto de ámbitos. Debido a que la política, la administración, los mercados y la construcción no están basados en la fe, han crecido de forma descontrolada y se han convertido en colonialismo, guerras, búsqueda de nuevos mercados y periodos de paz armada. La vida del ser humano al completo se ha convertido en un vaivén entre guerras frías y calientes, entre periodos de recuperación y periodos de paz armada.

El amor propio es el combustible que el ser humano utiliza en su búsqueda de la perfección y en la realización de sus deseos, el problema empieza cuando en el ser humano nace un sentimiento de auto-adoración.

Los enfrentamientos, la discriminación racial, el desprecio por los demás y el amargo conflicto ente los componentes de la sociedad, desde la familia a la comunidad internacional, cada uno de estos conflictos posee un ámbito diferente y, aunque el punto de partida es uno, el radio de acción varía.

Estos conflictos, que han sido considerados partes esenciales de la estructura, son consecuencia de haber sustituido el amor propio por la auto-adoración. Si nos fijamos, ocurre lo mismo con el egoísmo en la sociedad. La sociedad fue creada para servir al ser humano, ya que es un ser social y colectivo por naturaleza.

El ser humano tiene dos dimensiones, la personal y la colectiva, por lo que el marco de acción de la humanidad es muy amplio y el problema puede aparecer en distintos contextos. Desde el egoísmo personal pasando por el egoísmo familiar, el cual ha hecho padecer al ser humano sus consecuencias, hasta las tiranías tribales que durante un tiempo fueron sistemas que causaron ciertos resultados y efectos, y las sectas, que con su egoísmo pusieron el mundo patas arriba, vaciando de contenido la religión y las enseñanzas y acabaron con su auge, su compasión y su tolerancia. Estos grupos sectarios han comerciado con los valores espirituales que habían tomado de diferentes facciones. Y por último, el egoísmo patriótico.

El patriotismo, a pesar de ser un sentimiento muy noble, cuando se transforma en racismo nacionalista, hace que la gente casi sienta adoración por su patria en lugar de por Dios. Por consiguiente, permite que la gloria de su patria sea construida sobre las ruinas de otros países, que su civilización sea erigida destruyendo el resto de civilizaciones y que el nivel de vida de su población sea elevado a costa del empobrecimiento de otras poblaciones, hasta llegar a un nacionalismo nazi que tantas veces ha destruido al mundo.

Esta amplitud de egoísmos eran sentimientos constructivos y evolucionaron y se convirtieron en decadencia y destrucción. El amor propio, la obediencia a la familia, el amor hacia la tribu, la patria y la pertenencia a una nación, todas son conductas beneficiosas para la vida del ser humano, siempre y cuando permanezcan dentro de unos límites adecuados.

Ahora es el momento de aclarar el título elegido para esta conferencia.

Si las necesidades y aptitudes del ser humano están integradas en la comunidad en la que se encuentra, entonces le agradará estar en armonía con dicha sociedad. Siempre que una de sus necesidades crezca a expensas de alguna de sus otras necesidades el resultado será una catástrofe. Siempre que un individuo o las necesidades de la comunidad crecen a expensas del resto de individuos, el resultado es una catástrofe. Y siempre que la sociedad o las necesidades de ésta crecen a costa de otras sociedades o de sus necesidades, el resultado es desastroso y perjudicial.

El Líbano es nuestro país. Un país cuyo único capital son sus habitantes. Las personas que escribieron la gloria del Líbano con su esfuerzo, su emigración, sus capacidades intelectuales y su iniciativa. Estas personas son las que debe ser protegidas por este país.

El Líbano no tiene otra riqueza aparte de su riqueza humana, su humanidad. Por ese motivo, nuestro esfuerzo en el Líbano va encaminado hacia la conservación y la protección de sus habitantes, todos sus habitantes y en todos sus aspectos, en todas las regiones, en los centros de oración, en las universidades y en las instituciones.

Si queremos salvaguardar el Líbano, si queremos llevar nuestros sentimientos de identidad nacional a la práctica, si queremos aplicar nuestros sentimientos religiosos por medio de los principios que se han mencionado, entonces tenemos que proteger a las personas del Líbano, a todos sus habitantes y todas sus capacidades sin exclusión.

El Líbano es así. Cuando observamos las carencias descubrimos que son el resultado de la negligencia y que todos somos responsables.

Según hemos escuchado, la violencia está permitida en teoría, por el bien del ser humano, en su justa medida y con la condición de que no viole los derechos humanos.

Estimada audiencia:

Las zonas en las que vivimos y en las que viven los habitantes del Líbano son un depósito cuya custodia nos pertenece a nosotros y a nuestras autoridades. La región del sur, así como el resto de las regiones, nos ha sido confiada para que la protejamos por orden de Dios y de la patria. Por lo tanto, debemos asumir la responsabilidad de inmediato y discernir el planeamiento y la ejecución más adecuados. Tanto pensar de forma errónea como hacer una mala inversión equivalen a un doble abuso. El abuso directo de la corrupción y el abuso que supone hacer perder una oportunidad a los demás malgastando el dinero público y los derechos de los ciudadanos.

El Líbano es el país de las personas y de la humanidad. Hoy en día, el ser humano descubre su realidad comparando su vida con la del enemigo. Y así, observamos que la sociedad que el enemigo ha creado es una sociedad racista que emplea medidas abusivas y separatistas en todos los ámbitos culturales, políticos y militares e incluso se atreve a distorsionar la historia, a judaizar la Ciudad Sagrada y a falsear los monumentos históricos. Así pues, debemos proteger nuestro país, no solo por Dios y por sus habitantes, sino por toda la humanidad, para contrastar la imagen de la verdad desafiante con a la otra.

Ahora nos encontramos frente a una oportunidad única en la vida. Nos encontramos en un nuevo capítulo que comienza esta noche para nosotros y para el Líbano y frente a este fenómeno sin precedentes en la historia.

Oh creyentes! Reunámonos pues por el bien del ser humano, de todos los seres humanos. Por las personas en Beirut, las que están en el sur, las personas de Akar, las personas de los suburbios de Beirut, las de Karantina y Hey as-Salam.

Estas personas todavía tienen una oportunidad. No están aisladas ni encasilladas. Vamos a proteger a las personas de este país para así proteger este país que nos ha sido confiado por la historia y por Dios.

Que la Paz, la Misericordia y las Bendiciones de Dios sean con vosotros.

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